lunes, 15 de septiembre de 2008

La última tormenta del verano


Llevábamos unos días calurosos, casi pegajosos para esta época del año, donde salir a la calle se convertía en una pequeña penitencia de actividad. Hoy me he levantado pensando que quizá este nuevo día amanecería mas fresquito pero la realidad ha evaporado de golpe mis expectativas, apenas unas tenues nubes en el horizonte, sin embargo el devenir del día termina por sorprenderme, las tímidas nubes mañaneras, se convierten en feroces nubarrones negros cargados de lluvia, la fresca brisa del amanecer se torna volcán efervescente del viento y una atronadora samba de luces y truenos nos visita nuevamente para poner la traca final a este verano de sudores y toros.

Amanece que no es poco al día después, las temperaturas han perdido fuerza y el mercurio del termómetro como perezoso en su madrugar se resiste en su ascensión, el vientro frío azota la cara de los paseantes y las primeras chaquetas se ven allí donde apenas unas horas sólo había brazos desnudos, los cuerpos inclinados avanzando quedamente sobre la acera y esas caras protegidas ante el potente dios eolo se baten en duelo a muerte en su camino hacia al quehacer diario.

Llega la noche sobre mi pequeño manhattan y allí donde hace unos días se oía el gorgojeo suave de las voces nocturnas, el rechinar de las sillas metálicas tumbadas sobre sí para dar descanso a quien la ocupa deja paso al eco silencioso de unos pasos precipitados sobre la acera, apenas unos lejanos aullidos de algún perro que se resiste a aceptar que sus horas de paseo serán limitadas, y yo sobre estas líneas mirando al cielo oscuro que me cobija pienso que ya era hora, que por fin el otoño amarillento de las hojas caídas en el suelo ya está aquí.

Bienvenido.

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