Cada paso sobre aquella escalera macilenta repiqueteaba como la gota incesante que se desprende del grifo mal cerrado, mientras ascendía, posaba su vista sobre las puertas que ocultaban el interior de las viviendas, allí dentro, tras aquellas puertas había unas vidas y unos hogares, él sin embargo solo estaba de paso, no tenía un lugar al que volver, no tenía nadie esperando su llegada, o al menos eso quería creer, o al menos eso deseaba creer, absorto en el sonido de sus propios pasos llegó al último rellano, oscuro y húmedo, desdobló los periódicos ocultos bajo los harapos que hacían las veces de ropa y allí, sobre el suelo, en la soledad del silencio de otra noche más, se tumbó dispuesto a dormir, dormir, aquel verbo hacía mucho tiempo que había perdido su significado original y así, con el sombrero raído por el tiempo y el tedio dispuesto a modo de almohada y arrellanado contra la pared fría, descansó, para siempre.

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